Sobre mí

José Miguel Utande
(San Sebastián de los Reyes. 1951)

‘La Mirada, la Ciudad y la Tierra’, por Carlos Santos

Lo primero, la mirada. No los ojos: la mirada. Directa, contundente, inquieta e inquietante, puede incluso llegar a ser molesta. Utande tiene mirada de artista y ese es probablemente el aspecto más notable de su personalidad física; más incluso que su evidente semejanza con el actor Bud Spencer, el de Le Llamaban Trinidad. Rasgos menores los pelos, las barbas y los kilos si se comparan con esa mirada suya, que ha mirado medio mundo, ha recorrido cada rincón del arte clásico y ha ido quedando impresa, como una firma, en cada una de sus esculturas. Antes de adentrarse en la modernidad, en la creación pura y dura, la obra de Utande se asienta en el conocimiento y en la tradición, en la Cultura con mayúsculas. Por eso en Italia piensan que es escultor italiano, en Euskadi lo toman por vasco, en París, donde le siguen la pista desde hace 30 años, lo tienen por alguien propio, en Cuba le ven a su obra aires caribeños, en Nueva York le buscan acomodo entre la vanguardia americana y la británica y en Irlanda, que visita con frecuencia, le buscan paralelismos con el arte primitivo de los celtas. Por eso él llama “piedras” a sus bronces: porque su arte nace de la tierra misma.

Eso sí; para Utande, el centro de la tierra está aquí al lado, en una colina de San Sebastián de los Reyes, donde vive a pie de obra, a un tiro de piedra -precisamente- de la carretera que une el Norte con el Sur y al revés: el Sur con el Norte. Desde esa colina mira el mundo e intenta interpretarlo, como lo intentaba Lorca desde el jardín de su casa, conscientes ambos de que las verdades universales están siempre en las inmediaciones de uno mismo. Como telón de fondo, la ciudad de Madrid. Un animal gigantesco de acero, cemento y cristal, con ojos de neón y humos de dragón, que se acerca paso a paso a su estudio, con ritmo lento, inexorable y pertinaz pero no por fuerza amenazante. En esa ciudad creciente que orla su paisaje vital hay sobre todo forma, energía y movimiento. Hay sobre todo vida, con todas sus consecuencias.

En primera plano, en su mirada al mundo encuentra siempre Utande el pueblo donde nació, el rio en el que echó los primeros anzuelos, la plaza en la que echó los primeros bailes e incluso el servicio de urgencias donde todavía echa largas peonadas, una noche sí y otra también, porque Utande, además de ser escultor es profesional de la Sanidad Pública y nunca ha querido dejar ese trabajo, ingrato y mal pagado, pero siempre cercano a la realidad, a la vida cotidiana y al dolor, ese dolor también universal que se hace carne a diario y marca alguna de sus etapas artísticas.

A Utande no le duele España, como a los ensayistas del 98 y a las folclóricas del franquismo: a Utande le duele el mundo y ese dolor en sus piezas no sólo toma dimensión creativa sino también posición de combate. Es una artista libre, pero no neutral; es un creador independiente, pero no pasota; es un creador que no acepta ataduras, pero está comprometido hasta las cejas. En su obra no solo hay estética: hay ideología.

Se llama José Miguel pero sus amigos lo llaman Uti, lo que permite advertir que detrás de esa mole gruñona, con frecuencia cabreada (y con razón: cualquiera que hoy mire el mundo con inteligencia y sensibilidad, y él anda sobrado de las dos cosas, está abocado al cabreo) hay raudales de ternura y de lirismo que conviven con una pasión desbocada, cuando las circunstancias lo permiten, con un espartano hedonismo (no es contradicción: es lo que hay) y con una variada gama de talentos. Los culinarios, sin ir más lejos. Utande es un gran escultor, pero es aun mejor cocinero. Por culpa de la escultura se está perdiendo la gran cocina española a un gran artista.

Nació un día del siglo pasado, como todo el mundo, y en su vida y obra no hay lugar para los localismos ni las fronteras: pero sabe muy bien de dónde es, dónde está. Y aunque haga miles de kilómetros cada año y recorra el mundo cada día desde la soledad de su estudio, buscando respuestas a las preguntas que no tienen respuesta, no se olvidará nunca de su pueblo, que es además el lugar que ha elegido para seguir intentando comprender lo incomprensible. Y el lugar donde personas como su madre, Mercedes Vicente, su padre, Rodolfo Utande, o su hermano mayor, Paco Mangada, le enseñaron a vivir. Y a mirar. Sobre todo, a mirar.

Carlos Santos